VIVITO Y COLEANDO:
Esta sección está destinada a albergar cosas del sentir y del pensar: mis poesías, ensayos, apuntes, notas, trabajos, etc. Y se intenta renovar periódicamente.
  

  Noviembre 2018

 

El metro de Julián

 

La otra tarde visité a unos amigos que tenían a su hija y a sus cinco nietos pasando unos días con ellos. En el espacioso patio que nos daba cobijo, y, mientras los mayores charlábamos, cada cual se entretenía según sus preferencias. El pequeño parloteaba y mamaba, la nena de cuatro años jugaba con unos juguetes que llevaba en un bolsito, el de cinco organizaba en el camino de grava “un metro con muchos vagones”, el de siete miraba un mapamundi y el de diez construía un edificio en el que escondía estratégicamente unas pelotas de goma.

De vez en cuando los niños nos decían algo, cogían un trocito de queso, nos sonreían. Tenían espacio, presencias, miradas, interlocutores, valoración y freno si es que hacía falta. Fue un rato muy agradable. En un determinado momento la madre de los niños explicó que, desde que vivían en Madrid, Julián estaba entusiasmado con el metro. Miraba con frecuencia un plano que guardaba como un tesoro, repasaba los números y los colores de las líneas, pedía que le leyeran el nombre de las estaciones y se ponía contentísimo cuando tenían que ir en metro a cualquier parte. Había ido memorizándolo todo de tal modo que ya era un verdadero experto con sus tres años recientes.

Me hizo gracia su afición, así que le dije que a mi también me gustaba ir en metro y que sabía de un metro azul en el que las personas que se subían, se volvían completamente azules: la ropa, el pelo, la cara, los zapatos, la piel. Julián se quedó callado y pensativo. Al poco sonrió y me dijo: -“Pues yo sé otro metro que no para en ninguna estación, siempre está en marcha, ¡siempre!”. “-Y hay otro que tiene muchos vagones, de aquí hasta Madrid”. “Y otro que…” Todos los presentes estallamos en risas, mientras él seguía y seguía fabulando sin poderse parar, con la cara colorada y los ojos soñadores. Le di la enhorabuena por lo bien que inventaba y quedé con él en que seguiríamos otro día.

Me fui confortada y alegre. Sentí que Julián me había permitido entrar en su mundo y en su lenguaje. Y que durante un breve tiempo viajamos los dos por los andenes del metro de Madrid y del resto de metros que íbamos imaginando. Él utilizaba con apasionada soltura la información que tenía almacenada en su chispeante imaginario. Yo lo que gastaba era provocación y compañía. A él apenas le bastó una pista para enganchar sus vagones a mi juguetona sugerencia del metro azul. A mi me llenó de alegría su veloz salto desde la información objetiva y plana sobre el metro al invento estrafalario y genuino que logró unos momentos después. Presenciar esta proeza imaginativa, me pareció una suerte y un privilegio.

Imaginar es ponerle cara a los sueños, mezclar el mundo interior con el exterior, crear. A veces las imaginaciones de las personas se forman con los deseos que cada cual anticipa como puede. A veces son ensayos de los caminos que se quisieran recorrer. A veces evasiones para descansar de las cosas demasiado serias, atadas y planificadas. A veces son puras chispas de libertad. Lo importante es la sensación de placer que se genera al hacer surgir algo nuevo. El vértigo de la aventura de empezar algo que no se sabe cómo acabará. La curiosidad, la sorpresa y la satisfacción ante la realización de lo que se vislumbraba apenas en unas imágenes esbozadas y “sueltas” en nuestro interior y que, después de pasadas por nuestra acción de plasmar o expresar, vemos “puestas afuera” en mil formas diversas con pretensión de belleza.

Los niños pueden ser grandes inventores; la relación con las palabras, con los juguetes, con la naturaleza, con los otros, es una relación de descubrimiento y creación” (M. Emilia López, psicóloga). Lo cierto es que los niños nos hablan fielmente de sí mismos cuando imaginan. Desplegando sus sueños, sus ganas de jugar, de crear y de disfrutar. Hay quienes llevan adelante sus imaginaciones en soledad, o para combatirla. Hay quienes inventan historias increíblemente bonitas, bien estructuradas, poéticas. O movimientos de mimo. Hay quienes planean escenas teatrales, bailes, construcciones, juegos, composiciones plásticas, poesías. Y hasta originales líneas de metro, como Julián.

Así que creo que valdría la pena animarlos a ir encendiendo ilusionadamente sus propias mechas imaginativas y alentando sus sueños y sus juegos, elaborados desde el fondo de si mismos. Así los darán a conocer y no se les quedarán dentro, en un silencio quieto e improductivo. Porque que los niños jueguen, produzcan o inventen, es el modo de que su imaginario se ponga en marcha, se active, se despierte y vaya hacia adelante, hacia la vida y sus cambiantes avatares.

De ahí a tener una actitud de atrevimiento creativo hacia la búsqueda de lo nuevo, apenas hay un paso. Un paso valiente, decidido y amable. Un paso en el que cada cual podrá dejarse ver, iniciar una andadura personal segura, aprender, atreverse a ser él mismo y estrenar novedades.